Joe Farman, el científico que supo ver el agujero
en la capa de ozono
Su
trabajo en la Antártida sirvió de respaldo a la prohibición de los CFC y
contribuyó a la toma de conciencia global de los problemas ambientales
Joseph Charles Farman encabezó un pequeño grupo de
científicos que confirmó los efectos destructivos de determinados compuestos
químicos sobre el ozono atmosférico. Al hacerlo, propició rápidas acciones
internacionales para poner coto a actuaciones industriales con efectos
potencialmente letales a escala planetaria e impulsó la conciencia global sobre
estos problemas.
El manto de ozono es esencial porque filtra gran
parte de los rayos ultravioleta que pueden resultar mortíferos. E1 6 de mayo de
1985, Farman, Brian Gardiner y John Shanklin publicaron en Nature un
artículo que documentaba cómo la capa de ozono situada sobre el continente
antártico se estaba reduciendo con rapidez. Solo dos años después de la
publicación del artículo se firmó el protocolo de Montreal, un tratado que
prohibía el uso de los clorofluorocarburos (CFC), compuestos químicos que hasta
ese momento se utilizaban en numerosas aplicaciones industriales y domésticas,
como propelentes de aerosoles o fluidos de refrigeración.
El hallazgo del equipo de Farman, fue el primer respaldo
empírico de las predicciones que una década antes habían avanzado Frank
Sherwood Rowland, Mario Molina y Paul Crutzen, estudios por los que recibieron
el Nobel de Química de 1995. Gracias a Rowland y Farman, Gobiernos e
instancias internacionales comprendieron la necesidad de tomar medidas urgentes
que dieron lugar a un auténtico vuelco industrial y económico. Los protocolos
de Montreal y Copenhague
sobre los CFC son los acuerdos internacionales sobre medio ambiente que mayor
impacto práctico han tenido hasta la fecha. Pese a la tenaz oposición por parte
del mundo de la empresa, los tratados lograron imponer compuestos alternativos
más seguros, o aparentemente más seguros, ya o que algunos de los agentes a los
que se recurrió para sustituir a los CFC han demostrado tener un papel
importante en el calentamiento global.
En el arranque de los años ochenta, cuando Farman
inició su trabajo de campo, parecía que los temores por la capa de ozono eran
hipótesis sin fundamento. Incluso la NASA, con sus satélites y potentes
instrumentos de medición, había fracasado en la comprobación de los efectos
nocivos de los CFC que pronosticaban los estudios de laboratorio. Tras la
publicación del artículo de Farman se supo que, si bien los instrumentos de la
agencia estadounidense habían registrado la drástica disminución del ozono, los
programas utilizados para tratar los datos se habían calibrado para rechazar
resultados tan anómalos.
La reacción inicial de Farman al estudiar los
primeros datos que había tomado en el continente antártico fue pensar que el
aparato con el que trabajaba, un rudimentario espectrómetro, estaba estropeado.
Las lecturas indicaban una caída espectacular de los niveles de la capa de
ozono situada sobre el Polo Sur. Recurrió a un segundo instrumento, que confirmó
los resultados del primero.
Tras un lustro de paciente trabajo sobre el terreno
y cuidadosa evaluación de los datos, él y su equipo publicaron un artículo que
demostraba un estremecedor descenso del 40% de los niveles de ozono en la
columna atmosférica sobre el continente más austral. Margaret Thatcher,
adamantina defensora de los intereses empresariales, fue la que en buena medida
posibilitó los trabajos de Farman al salvar de los recortes la institución para
la que trabajaba el naturalista, el British Antarctic Survey (BAS). Ese
organismo era el encargado de la investigación científica en la zona antártica
y, tras la guerra de las Malvinas, se había convertido en una pieza más del
ajedrez geoestratégico en el hemisferio austral. Pero también era improbable
que a Thatcher, química de formación, se le escaparan las implicaciones de los
descubrimientos de Rowland y Farman.
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/18/actualidad/1368829656_010276.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario